20 años de 6to6: el comienzo de una nueva aventura
Actualizado: hace 11 minutos
En 2006, cuatro amigos tuvieron una idea tan sencilla como ambiciosa: reunir un grupo de coches deportivos y compartir una jornada de diversión al volante. Ninguno de ellos podía imaginar entonces que aquella iniciativa, nacida de la pasión por los coches y las ganas de disfrutar de la carretera en compañía, acabaría convirtiéndose en una comunidad que, veinte años después, seguiría recorriendo Europa y acumulando experiencias difíciles de olvidar.

Fue en 2011 cuando uno de los grandes sueños de 6to6 se hizo realidad con la primera edición del Europe Tour, un viaje que llevó a 28 coches desde Frankfurt hasta Mónaco atravesando algunos de los escenarios más emblemáticos del continente.

Nürburgring, los grandes puertos de los Alpes suizos e italianos y la llegada a Mónaco marcaron el camino de aquella primera aventura y establecieron las bases de un concepto que se ha mantenido intacto desde entonces: vivir una gran experiencia al volante de un deportivo, pero entendiendo que el verdadero valor del viaje está en todo aquello que sucede alrededor del coche.
El automóvil es el vínculo que une a todos los participantes, pero la convivencia, las carreteras, los paisajes, la gastronomía, los hoteles, las experiencias compartidas y las amistades que nacen durante el camino son las que terminan dando sentido a cada Europe Tour. Es precisamente esa combinación entre pasión por la conducción, motor, viajes, aventura y lifestyle la que ha permitido que aquella primera edición de 2011 se haya convertido, quince años después, en una referencia dentro de la historia de 6to6.
Por eso, el Europe Tour con el que 6to6 celebraría su vigésimo aniversario tenía que ser necesariamente especial. Debía ofrecer una experiencia completamente nueva, pero al mismo tiempo rendir homenaje a aquella primera edición que marcó el inicio de una de las grandes aventuras de la comunidad. El Stelvio y Nürburgring volverían a formar parte del recorrido, pero esta vez aparecerían acompañados de nuevos destinos, nuevas carreteras y numerosas sorpresas que convertirían el viaje en una experiencia completamente diferente.
El reto estaba servido: cruzar Europa desde Sicilia hasta Ámsterdam con una flota de 80 superdeportivos para celebrar dos décadas de historia.
Mucho antes de arrancar
Aunque el Europe Tour tenía una fecha oficial de inicio, el viaje comenzaba en realidad varias semanas antes. La incorporación de los Sixters al grupo de participantes marcaba el inicio de la cuenta atrás y, poco a poco, toda la información del recorrido comenzaba a tomar forma. El roadbook en formato digital permitía empezar a descubrir lo que esperaba por delante, mientras cada participante comenzaba sus propios preparativos para una semana que prometía ser muy especial.
La celebración de los 20 años también estaba presente desde el primer momento en los detalles. Los Sixters recibieron en sus casas un Welcome Pack especialmente preparado para la ocasión, con una cuidada presentación que incluía una botella de vino fruto de la colaboración con Pago de los Capellanes, acompañada de copas y posavasos personalizados. Era una invitación a brindar por dos décadas de historia y, al mismo tiempo, el primer recuerdo físico de un Europe Tour que todavía tardaría unas semanas en comenzar.
Mientras los participantes preparaban maletas y organizaban sus desplazamientos hasta Sicilia, los protagonistas mecánicos del viaje iniciaban su propia ruta. Los coches fueron llegando desde diferentes puntos de España hasta Barcelona, donde la base de operaciones de Tradisa se convirtió en el punto de encuentro de toda la flota. Allí fueron preparados para el viaje, recibieron los adhesivos oficiales del Europe Tour y quedaron listos para emprender el transporte hacia Sicilia, donde esperarían a sus conductores.
La cuenta atrás llegaba a su fin y, aunque el evento comenzaría oficialmente el 19 de septiembre, muchos Sixters decidieron adelantar su llegada a Catania para disfrutar de unos días previos descubriendo Sicilia y, especialmente, la zona de Taormina. La isla ofrecía un escenario perfecto para comenzar una aventura de estas características, aunque durante los días previos al encuentro la actividad del Etna introdujo un pequeño elemento de incertidumbre. Las emisiones y la actividad del volcán habían provocado problemas intermitentes en el aeropuerto de Catania y, durante unas horas, la organización siguió con atención la evolución de la situación y la llegada de los diferentes vuelos.
El hotel, reservado en exclusiva para el grupo y completamente ambientado para la ocasión, se convirtió durante aquella primera tarde en el punto de encuentro de una comunidad que llegaba desde diferentes lugares y con diferentes historias, pero que compartía exactamente la misma ilusión por lo que estaba a punto de suceder. Los reencuentros entre quienes ya habían compartido anteriores Tours se mezclaban con las presentaciones de quienes participaban por primera vez, mientras la acreditación y la entrega del kit de participante daban el pistoletazo de salida a una semana que ya se empezaba a sentir muy real.
El kit reunía algunos de los elementos que acompañarían a los Sixters durante todo el recorrido, desde el roadbook en su edición impresa hasta las camisetas temáticas dedicadas a algunas de las jornadas más representativas del viaje, pasando por el lanyard y la acreditación. Pero, entre todos ellos, destacaba especialmente una novedad que acabaría teniendo un enorme protagonismo durante el Tour: la chaqueta oficial del 20 aniversario. Vestidos con ella, los participantes comenzarían a ofrecer durante los siguientes días una imagen de grupo fácilmente reconocible en cada hotel, cada visita y cada parada del recorrido.
La primera imagen de los 80
Con los participantes ya instalados y la tarde avanzando, llegó uno de los momentos más esperados de aquella primera jornada: descubrir la flota reunida por primera vez.

Los coches habían sido expuestos en una zona especialmente reservada del campo de golf, creando un escenario espectacular en el que contemplar juntos los 80 superdeportivos que estaban a punto de cruzar Europa.
La exposición permitía descubrir con calma una colección extraordinaria de vehículos mientras el sol comenzaba a caer sobre Sicilia y con el Etna como telón de fondo, pero había un detalle especialmente pensado para la ocasión que concentraba todas las miradas. Al final de la exposición, los coches formaban una gran S, reproduciendo el símbolo de 6to6 y convirtiéndose en una de las primeras grandes imágenes de esta edición del Europe Tour. Después de veinte años de historia, aquella formación tenía un significado especial: una enorme S formada por 20 de los 80 coches en Sicilia representaba el comienzo de una aventura que les llevaría hasta Ámsterdam.
Con el atardecer ya presente, los participantes se dirigieron hacia la zona de bienvenida, donde una alfombra roja, una copa de bienvenida y una cuidada ambientación preparaban el escenario para la primera gran noche del viaje. Pasear entre los coches y contemplar por primera vez toda la flota reunida permitía tomar conciencia de la dimensión de aquella edición, mientras las conversaciones y los reencuentros comenzaban a crear el ambiente que acompañaría al grupo durante toda la semana.
Tras el aperitivo llegó uno de los momentos más especiales de la jornada: la ceremonia de entrega de llaves. Cada participante fue invitado a acercarse al escenario para recoger personalmente la llave de su coche, en una puesta en escena acompañada de iluminación, imagen y música que convirtió un gesto aparentemente sencillo en una auténtica ceremonia de bienvenida. Aquella llave representaba mucho más que el acceso al vehículo que cada Sixter conduciría durante los siguientes días; era el inicio oficial de una aventura que les llevaría a vivir una experiencia inolvidable.
Una noche para celebrar 20 años
La primera jornada culminó con la Driver's Ceremony, una cena que en 6to6 es mucho más que una simple bienvenida. Es el momento en el que la comunidad se reencuentra, en el que los participantes veteranos reciben el homenaje que merecen y en el que quienes llegan por primera vez son oficialmente incorporados a la familia de los Sixters.
Los Legends, aquellos participantes que acumulan más de seis Europe Tour a sus espaldas, volvieron a ocupar un lugar protagonista como reconocimiento a su fidelidad y a su contribución a la historia de 6to6. Frente a ellos estaban los Rookies, aquellos que se enfrentaban por primera vez a la experiencia de un Europe Tour y que comenzaban a descubrir una comunidad en la que el coche es solamente el punto de partida de una experiencia mucho más amplia.
La cena sirvió también para presentar oficialmente el recorrido y descubrir algunos de los momentos que marcarían los días siguientes. Pero, como suele suceder en 6to6, lo que comenzó como una cena terminó transformándose en una celebración que se prolongó con música, conversaciones y mucha energía, dejando claro desde el primer día el ambiente que acompañaría al grupo durante toda la semana.
Y así terminó la primera jornada del Europe Tour 20 Aniversario. Sicilia había sido el punto de partida, el Etna el escenario y 80 superdeportivos la primera gran imagen de una aventura que todavía estaba por comenzar. Quince años después de aquel primer Europe Tour entre Frankfurt y Mónaco, 6to6 volvía a poner rumbo a Europa para celebrar sus veinte años de historia, esta vez con un recorrido que llevaría al grupo desde el Mediterráneo hasta el norte del continente, atravesando algunos de los lugares más emblemáticos del mundo del automóvil.
Al día siguiente, por fin, llegaría el momento de ponerse al volante.
Día 2 — Sicilia al volante
Después de la Driver's Ceremony de la noche anterior, el segundo día del Europe Tour planteaba el primer gran reto para los Sixters: madrugar y ponerse al volante desde primera hora. En cualquier otro grupo, una noche como la anterior podría haber hecho que más de uno decidiera tomarse la mañana con calma y aparecer directamente a la hora de la comida, pero si algo caracteriza a los Sixters es precisamente esa capacidad para estar preparados cuando toca salir. Una vez más, incluso después de una noche intensa, los coches comenzaron a aparecer antes de la hora prevista y la actividad se ponía en marcha puntualmente.
La primera jornada de conducción no estaba pensada para hacer turismo convencional, sino para descubrir una Sicilia diferente, alejándose de los lugares más conocidos para recorrer al volante otros escenarios escpetculares de la isla. Y había además una segunda motivación que acompañaría todo el día: acercarse a la historia del automóvil en Sicilia a través de la Targa Florio, una de las grandes carreras de la historia y una prueba profundamente ligada a las carreteras y pueblos de esta parte de la isla.

A primera hora de la mañana, los Sixters comenzaron a sacar sus coches del campo de golf del Picciolo Etna. El madrugón tenía además una pequeña recompensa para los aficionados al automóvil, ya que permitía volver a contemplar la exposición de la noche anterior con mucha más tranquilidad y con la primera luz del día, cuando todavía no había actividad alrededor y los coches permanecían alineados esperando su momento. Poco después, la avenida de acceso al hotel se transformó de nuevo en una larga fila de deportivos que comenzaban a abandonar el recinto para afrontar los primeros kilómetros del Tour.
La ruta llevó al grupo hacia la vertiente norte del Etna, ascendiendo progresivamente por una carretera que permitía ganar altura mientras el paisaje cambiaba a medida que los coches se acercaban a las cotas superiores del volcán. El objetivo era alcanzar la zona de la North Gate, situada cerca de los 2.000 metros de altitud, donde los coches quedarían aparcados para continuar la aventura de una manera muy diferente.
Allí esperaban los Torsus, unos enormes vehículos todoterreno que iban a permitir a los Sixters adentrarse todavía más en el Etna y alcanzar los 3.000 metros de altura. El cambio de montura tenía precisamente ese sentido: durante unas horas los deportivos dejaban paso a los vehículos preparados para explorar las zonas más altas del volcán y llevar al grupo hasta un paisaje completamente distinto al que habían encontrado durante la primera parte de la mañana.
A medida que los Torsus ascendían por las pistas del Etna, el terreno volcánico iba adquiriendo un aspecto casi lunar y las vistas se abrían sobre la costa siciliana. Desde allí arriba se podía contemplar tanto el Mediterráneo como la silueta del propio volcán, una de las montañas más activas de Europa y uno de los grandes protagonistas del paisaje de la isla. La parada sirvió también para reunir a todo el grupo y hacer la primera fotografía de familia de la jornada, antes de volver a los vehículos para iniciar el descenso.

De nuevo sobre sus coches, los Sixters pusieron rumbo hacia la costa para continuar una ruta que se prolongaría durante toda la mañana. Después de las primeras horas en las alturas del Etna, tocaba volver a ganar kilómetros y dejar que fueran las propias carreteras las que marcaran el ritmo de la jornada. Era, al fin y al cabo, el primer día completo de conducción del Europe Tour y todavía quedaba mucho por descubrir.
A mediodía, el grupo llegó al Palladium Resort Sicilia, donde estaba prevista la comida y una parada que servía también para reagrupar a todos los participantes antes de afrontar la parte más histórica de la ruta. La pausa permitía recuperar fuerzas y compartir las primeras impresiones de la mañana, pero también preparaba al grupo para uno de los momentos más esperados del día: entrar en el territorio de la Targa Florio.
Poco después de retomar la marcha, un coche de policía esperaba al grupo para acompañarlo hasta Collesano, uno de los puntos míticos del recorrido de la antigua Targa Florio y una localidad estrechamente vinculada a la historia de esta carrera. La llegada de los Sixters adquirió allí un significado especial, porque no se trataba simplemente de visitar un lugar relacionado con el automóvil, sino de conducir por una zona que durante décadas formó parte de una de las pruebas más exigentes y singulares del automovilismo mundial.
En Collesano, las autoridades del municipio y del museo recibieron al grupo junto al mosaico dedicado a Enzo Ferrari, antes de acompañar a los Sixters en una visita que permitía conocer mejor la historia de la carrera y entender la relación que existe entre la Targa Florio y las carreteras por las que acababan de circular. La localidad se volcó además con la visita y la avenida principal quedó reservada para la ocasión, permitiendo que los coches de los Sixters quedaran expuestos en pleno centro del pueblo. Durante unos instantes, la imagen habitual de Collesano volvió a transformarse y los deportivos del Europe Tour ocuparon el mismo territorio por el que décadas atrás habían pasado algunos de los grandes protagonistas de la historia de la competición.

La tarde continuó por las carreteras sicilianas de regreso hacia el Picciolo Etna, poniendo el punto final a la primera gran jornada de conducción del Tour. Habían sido muchas horas al volante, un cambio de montura inesperado, kilómetros junto al Mediterráneo y un recorrido por una parte de la historia del automóvil que daba un significado especial a aquella primera etapa.
Pero el día todavía no había terminado. De vuelta en el hotel, los Sixters tuvieron apenas el tiempo necesario para cambiarse y prepararse para una nueva experiencia, esta vez lejos de los coches y rodeados de viñedos. A la hora prevista, los transfers comenzaron a recoger al grupo para llevarlo hasta Cantina La Contea, una bodega situada en la ladera de la montaña que se convertiría en el escenario de la cena de aquella noche.
Entre las viñas, con la oscuridad ya cubriendo la montaña y el mar extendiéndose al fondo, los Sixters compartieron una cena basada en productos y vinos locales. Después de un día en el que habían pasado muchas horas juntos al volante, aquel era el momento de sentarse alrededor de una mesa, comentar lo ocurrido durante la jornada y seguir construyendo esa convivencia que, poco a poco, empezaba a convertirse en una parte tan importante del viaje como las propias carreteras.
La noche terminó sin horarios demasiado rígidos. Los diferentes transfers permitían que cada uno decidiera cómo quería cerrar el día, prolongando la sobremesa y las conversaciones entre viñedos o regresando al hotel para recuperar fuerzas después de una jornada especialmente larga. Esa libertad forma también parte del espíritu del Europe Tour: compartir el mismo viaje sin necesidad de vivirlo todos exactamente de la misma manera.
El segundo día había servido para poner en marcha muchas de las cosas que hacen especial a un Europe Tour. Los coches habían sido el punto de encuentro para comenzar la jornada, pero durante el día habían aparecido también la historia, la conducción, los paisajes, la gastronomía y, sobre todo, el tiempo compartido entre los Sixters. Sicilia empezaba a dejar de ser simplemente el lugar desde el que arrancaba el viaje para convertirse en el primer capítulo de una aventura que todavía tenía por delante miles de kilómetros.
El Europe Tour no había hecho más que comenzar.
Día 3 — De Sicilia a Roma
El tercer día amaneció de nuevo en el Picciolo Etna, un hotel que ya empezaba a convertirse en un punto de referencia para los Sixters y que tendría además un pequeño privilegio dentro del recorrido: sería el único en el que el grupo dormiría dos noches consecutivas. A partir de ese momento, la dinámica cambiaría por completo, porque el Europe Tour entraba en su verdadero ritmo de viaje y cada mañana supondría despertar en un lugar diferente.
Desayuno, check-out y maletas preparadas se convertirían desde ese día en una rutina que acompañaría al grupo durante todo el recorrido. Viajar por Europa durante más de una semana en deportivos tiene una dificultad evidente: en muchos de ellos apenas hay espacio para llevar equipaje. Para solucionarlo, tres furgonetas se encargaban de trasladar las maletas de un hotel al siguiente, de manera que los Sixters pudieran viajar ligeros y disfrutar de sus coches sin preocuparse por el equipaje. Cada mañana entregaban su maleta al equipo de traslado y, horas después, podían encontrarla de nuevo esperándoles en la habitación del siguiente hotel. Una parte de la logística que quizá pasa desapercibida para quien participa, pero que resulta fundamental para que una aventura de estas dimensiones funcione con naturalidad.
La jornada estaba planteada como una etapa eminentemente de enlace. Había que avanzar muchos kilómetros para cumplir el gran reto de unir Sicilia con Ámsterdam y, por ello, la ruta discurriría prácticamente en su totalidad por autopista. Sin embargo, incluso en una jornada pensada para ganar distancia, el Europe Tour encontraba la manera de convertir el desplazamiento en una experiencia.
El gran protagonista de la mañana sería el paso del estrecho de Messina.
Lo que para cualquier viajero puede ser simplemente un trámite para cruzar de Sicilia a la península italiana se convirtió para los Sixters en uno de los momentos más singulares del día. Caronte puso a disposición del grupo un ferry en exclusiva, permitiendo que los 80 coches accedieran directamente al barco sin las esperas habituales y quedaran reunidos durante la travesía.
Poco después de embarcar, la imagen resultaba difícil de repetir: toda la flota del Europe Tour, junta dentro de un mismo ferry, abandonaba Sicilia por mar mientras el grupo contemplaba desde cubierta cómo la isla quedaba atrás. El trayecto hasta Villa San Giovanni era breve, pero el barco se convirtió durante esos minutos en un espacio más de convivencia. Algunos aprovecharon para descansar, otros para compartir algo de comida y bebida en la zona interior y, como siempre, las conversaciones terminaban girando alrededor de lo que había sucedido hasta entonces y de lo que todavía quedaba por delante.

Al llegar a Villa San Giovanni tocaba volver a ponerse al volante. La ruta se dividió en dos grandes tramos con una parada intermedia para comer, pero fue precisamente allí donde apareció uno de los elementos que forman parte de cualquier gran viaje en grupo y que, en un Europe Tour, tienen una importancia especial: el equipo que está detrás de los coches y que permite que la aventura continúe incluso cuando las cosas no salen como estaba previsto.
Los mecánicos de la organización ya llevaban varias jornadas trabajando intensamente para solucionar pequeñas incidencias de algunos vehículos que habían llegado al Tour con problemas pendientes o que habían comenzado a acusar los primeros kilómetros. A ellos se sumaba el camión escoba, un vehículo cerrado con capacidad para seis coches que acompaña al grupo durante todo el recorrido y que tiene una misión tan sencilla como importante: si un coche no puede continuar, recogerlo, trasladarlo y garantizar que pueda ser reparado o repatriado si fuera necesario.
Y no tardaría en demostrar su utilidad.
Durante los primeros días, dos vehículos, un Lotus y un Bentley, tuvieron que ser recogidos por el camión escoba. Pero lo que podría haber supuesto un problema importante para sus conductores acabó convirtiéndose simplemente en otra parte de la aventura. Lejos de quedarse al margen del viaje, sus propietarios encontraron sitio en los coches de otros Sixters y continuaron la ruta con el grupo, demostrando una vez más que en un Europe Tour el coche puede ser el elemento que une a todos, pero que la experiencia no consiste únicamente en conducir.
El cambio era absoluto. Después de dos días descubriendo Sicilia al volante de deportivos y de una mañana atravesando Italia, el grupo dejaba por unas horas sus coches y pasaba a moverse por Roma sobre dos ruedas. Cada participante recibió las llaves de su Vespa y, una vez completado el check-in en el hotel, dispuso de unas horas para decidir cómo quería aprovechar la tarde. Algunos optaron por salir a descubrir Roma por su cuenta, mientras otros prefirieron descansar después de los kilómetros acumulados.
Pero el verdadero encuentro estaba previsto para la tarde-noche, cuando las 80 Vespas volverían a reunirse para recorrer la ciudad juntas antes de llegar a Trastevere para la cena.
Con dos Ducati de la organización abriendo la marcha, una Monster y una Multistrada, la caravana comenzó a recorrer las calles de Roma. El grupo pasó por algunos de los lugares más reconocibles de la ciudad, incluyendo el mirador del Gianicolo, el Vaticano y el Circo Massimo, mientras las Vespas iban formando una larga caravana que llamaba inevitablemente la atención allí por donde pasaba.
La escena resultaba especialmente curiosa para los propios Sixters, acostumbrados a ver las reacciones que provoca un grupo de deportivos, pero que ahora descubrían lo que significa recorrer una ciudad como Roma con 80 Vespas circulando juntas. A medida que la caravana avanzaba, teléfonos móviles aparecían rápidamente desde las aceras y terrazas para intentar inmortalizar el paso del grupo, convirtiendo el propio recorrido en parte del espectáculo para quienes se encontraban con él por casualidad.
Y las dos Ducati que abrían la marcha tenían además un pequeño significado que todavía nadie conocía. Serían protagonistas de una de las jornadas más especiales de este Europe Tour, aunque eso todavía estaba por descubrir. Por el momento, su papel era simplemente el de guiar aquella peculiar caravana romana, en una especie de pequeño adelanto de lo que 6to6 tenía preparado para los días siguientes.

La ruta terminó en Trastevere, donde el grupo se reunió en Checco er Carettiere, uno de los restaurantes históricos del barrio. Después de un día principalmente dedicado a avanzar kilómetros, aquella cena permitía volver a sentarse juntos y disfrutar de Roma sin prisas, comentando las anécdotas de la jornada, el ferry, los primeros problemas mecánicos y, por supuesto, la experiencia de recorrer la ciudad en una caravana de 80 Vespas.
Al terminar la cena, la noche quedó nuevamente en manos de cada Sixter. Algunos decidieron prolongar la experiencia por las calles de Roma, mientras otros optaron por regresar al hotel y descansar después de una jornada que había comenzado temprano y que había permitido avanzar una parte importante del recorrido hacia el norte.
El Europe Tour comenzaba así a adquirir su ritmo definitivo. Cada mañana significaba un nuevo hotel, una nueva carretera y una nueva ciudad, pero también nuevas experiencias que iban mucho más allá de conducir un deportivo. En tres días, los Sixters habían recorrido Sicilia, subido al Etna, seguido las huellas de la Targa Florio, cruzado el estrecho de Messina en un ferry privado y terminado recorriendo Roma en Vespa. Y todavía quedaban muchos kilómetros por delante.
Lo que había comenzado como un viaje en coche empezaba a convertirse, cada vez con más claridad, en lo que realmente es ET, una experiencia única.
Día 4 — Tras las huellas de la Mille Miglia
La cuarta jornada comenzó de nuevo con la rutina que ya empezaba a formar parte de la vida de los Sixters: desayuno, check-out, entrega de las maletas al equipo de transporte y vuelta al coche para continuar el viaje. Cada mañana suponía despertar en una ciudad diferente y, después de abandonar Sicilia y cruzar buena parte de Italia, el Europe Tour se adentraba ahora en uno de los territorios más ligados a la historia del automóvil italiano.
La salida de Roma daba paso a una jornada especialmente esperada por los amantes de la conducción, ya que la ruta seguiría algunos de los tramos y poblaciones que forman parte de la historia de la Mille Miglia. La carrera, que durante décadas unió Brescia y Roma a través de algunas de las carreteras más espectaculares de Italia, dejó una huella profunda en los pueblos y paisajes que atravesaba, y recorrerlos muchos años después al volante de los coches del Europe Tour permitía recuperar parte de aquel espíritu.
La caravana comenzó a alejarse de Roma en dirección norte, pasando por localidades como Ronciglione y Viterbo antes de adentrarse progresivamente en un paisaje que empezaba a cambiar. Las carreteras se hacían más pequeñas y sinuosas y el ritmo de la ruta adquiría otra dimensión, dejando atrás las largas distancias del día anterior para recuperar el tipo de conducción que los Sixters habían venido a buscar.
Uno de los puntos destacados de la mañana fue Montefiascone, antes de continuar hacia Radicofani, una de esas localidades que parecen colocadas deliberadamente sobre la cima de una montaña para obligar a quien quiera llegar hasta ellas a disfrutar primero de la carretera que las alcanza. La ascensión hasta el pueblo ofreció uno de los tramos más interesantes de la mañana y, una vez arriba, el grupo aprovechó para reagruparse y volver a poner en común a toda la caravana antes de continuar hacia el corazón de la Toscana.
A medida que avanzaban los kilómetros, los paisajes de la Toscana comenzaban a aparecer con toda su personalidad. Las carreteras atravesaban colinas, viñedos y pequeñas poblaciones, y el entorno iba adquiriendo ese aspecto que tantas veces hemos visto asociado a Italia pero que cambia completamente cuando se descubre desde el asiento del conductor. En esta parte del recorrido, la propia carretera volvía a ser protagonista y permitía entender por qué estas tierras han formado durante décadas parte del imaginario del automóvil y de las grandes pruebas de resistencia y conducción.
La ruta de la mañana tenía como destino Borgo San Felice, una villa situada en pleno corazón de la Toscana que ofrecía un escenario completamente diferente al de las grandes ciudades que habían marcado las primeras jornadas. Después de varias horas de conducción, llegar allí suponía bajar el ritmo durante unas horas y disfrutar de un lugar que representaba a la perfección el paisaje que los Sixters habían ido atravesando durante toda la mañana.
La comida permitió disfrutar con calma de la gastronomía y del entorno, rodeados de viñedos y de la arquitectura característica de una auténtica villa toscana. Era una parada especialmente apropiada dentro del ritmo del Europe Tour, porque aunque el viaje está marcado por jornadas intensas, kilómetros y horarios que obligan a mantener un ritmo elevado, también hay momentos en los que merece la pena detenerse y disfrutar del lugar en el que uno se encuentra. Borgo San Felice fue uno de ellos, una pausa que permitía recuperar fuerzas y, al mismo tiempo, tomar conciencia de que el viaje no consistía únicamente en llegar al siguiente destino.
Después de la comida tocaba volver a ponerse al volante para afrontar el tramo de la tarde hasta Florencia. Sobre el papel podía parecer una simple conexión hacia la siguiente ciudad, pero las carreteras elegidas terminaron convirtiéndolo en uno de los recorridos más divertidos de la jornada. Los kilómetros finales ofrecieron una sucesión de curvas y carreteras secundarias que permitieron a los Sixters volver a disfrutar de sus coches antes de afrontar la llegada a la ciudad.
La llegada a Florencia se produjo de forma escalonada durante la tarde y, una vez en la ciudad, los coches quedaron estacionados en uno de los pocos grandes garajes situados en el centro, justo debajo del alojamiento elegido para aquella noche. El Teatro Luxury Apartments, un complejo de reciente creación y con una ubicación privilegiada, permitía a los participantes descansar en apartamentos de grandes dimensiones después de otra jornada completa de carretera, algo especialmente bienvenido teniendo en cuenta el ritmo que empezaba a adquirir el Tour.
Pero Florencia todavía tenía mucho que ofrecer y la jornada no terminaba con la llegada al alojamiento. Los Sixters estaban citados para la cena junto a uno de los grandes símbolos de la ciudad, la Catedral de Santa Maria del Fiore. Allí les esperaba uno de los platos más representativos de la gastronomía local, la bistecca alla fiorentina, que puso el punto final a una jornada que había unido algunos de los grandes nombres de la historia del automóvil con uno de los territorios más reconocibles de Italia.
Después de cuatro días, el Europe Tour comenzaba a encontrar su propio ritmo. Cada jornada tenía un carácter diferente, pero todas mantenían un mismo hilo: conducir, descubrir, compartir y seguir avanzando. Roma había quedado atrás y, después de recorrer las carreteras de la Mille Miglia y atravesar la Toscana, Florencia se convertía en la nueva parada antes de continuar hacia uno de los grandes capítulos del viaje.
El día siguiente llevaría a los Sixters hacia el corazón del Motor Valley.
Día 5 — Ducati y el corazón del Motor Valley
La quinta jornada comenzaba en Florencia con uno de los días más esperados del Europe Tour. El programa obligaba a dividir al grupo en dos, ya que la actividad principal de la jornada requería organizar las visitas de forma escalonada, pero lejos de restar intensidad al día, aquella circunstancia permitió construir una jornada con varios momentos especialmente memorables para los Sixters.
El primer grupo salió temprano de Florencia para afrontar una de las rutas que, al terminar el día, muchos coincidirían en señalar como la mejor conducción del viaje hasta ese momento. La caravana atravesó la ciudad y comenzó a ganar altura por las colinas en dirección a Fontebuona, dejando atrás progresivamente Florencia para adentrarse en unas carreteras cada vez más estrechas y sinuosas. El objetivo era alcanzar el Passo della Futa, uno de los puertos históricos de los Apeninos y otro de los lugares que forman parte de la memoria de las grandes pruebas automovilísticas italianas.
Las curvas y el paisaje acompañaron a los Sixters durante la ascensión hasta llegar al Chalet Raticosa, un lugar de culto para cualquier aficionado a la conducción y habitual punto de encuentro para quienes disfrutan de las carreteras de esta zona. Allí esperaba un pequeño avituallamiento antes de afrontar la siguiente parte del recorrido, aunque la parada sería necesariamente breve porque el verdadero protagonista del día estaba todavía por llegar.
Desde el Chalet Raticosa, la ruta continuó descendiendo hacia Bolonia por una sucesión de carreteras sinuosas que permitieron seguir disfrutando de los coches antes de llegar a uno de los lugares que más expectación había generado entre los participantes: la fábrica de Ducati.
La llegada al complejo fue ya, por sí misma, una experiencia diferente. Los coches atravesaron las instalaciones hasta llegar al circuito de pruebas situado junto a la fábrica, donde quedaron estacionados todos juntos. Mientras el primer grupo comenzaba su visita, el segundo grupo alcanzaba puntualmente el Chalet Raticosa para realizar el mismo recorrido que acababan de completar sus compañeros. La organización de las dos tandas permitía mantener el ritmo del Tour y, al mismo tiempo, que todos los Sixters pudieran disfrutar de la visita sin perder ninguno de los momentos preparados para la ocasión.
El punto de encuentro de ambos grupos estaba reservado para el auditorio de Ducati. Allí, con todos los coches reunidos en el circuito de pruebas y la imagen de la flota completa como telón de fondo, los Sixters volvieron a encontrarse antes de comenzar una de las presentaciones más especiales del Tour.
Carlos López Panisello, director general de Ducati España, fue el encargado de dar la bienvenida al grupo y de introducir una visita que pronto tendría una sorpresa inesperada. Ante la mirada de los Sixters apareció Claudio Domenicali, CEO mundial de Ducati, que no quiso dejar pasar la oportunidad de saludar personalmente al grupo y compartir unas palabras sobre la marca, su relación con la competición y todo aquello que representa Ducati más allá de las motos.
Su presencia tenía un significado especial dentro de un Europe Tour en el que el automóvil era el punto de unión entre todos los participantes, pero en el que la pasión por el motor se manifiesta de muchas formas diferentes. Domenicali explicó parte de la relación de Ducati con las carreras y con una forma de entender el motor que encajaba perfectamente con el espíritu de los Sixters: pasión, competición, conducción y una comunidad construida alrededor de una afición compartida.
Mientras un grupo recorría el interior de la fábrica, el otro tenía por delante una nueva sorpresa. Los coches salieron de Bolonia en dirección a Módena y, a las afueras de la ciudad, una formación de policías en motocicleta esperaba al grupo para acompañarlo hasta el centro. La escolta se encargó de ir cortando el tráfico en los cruces y mantener unida la caravana durante el recorrido, permitiendo que los Sixters llegaran juntos hasta la Piazza Roma.
La entrada en Módena fue uno de esos momentos que difícilmente se pueden planificar sobre el papel. Una larga fila de deportivos avanzando escoltados por numerosas motocicletas de la policía y entrando junta en el centro de una ciudad tan vinculada al mundo del automóvil ofrecía una imagen que rápidamente llamó la atención de quienes se encontraban por las calles. Poco después, el segundo grupo repetiría exactamente la misma experiencia, permitiendo que todos los participantes terminaran reuniéndose de nuevo en la Piazza Roma.
Módena era, en cierto modo, el lugar perfecto para hacerlo. Después de varios días recorriendo Italia, el Europe Tour había llegado al corazón de una de las mayores concentraciones de cultura automovilística del mundo, y el simple hecho de conducir hasta allí en grupo ya formaba parte de la experiencia.
La comida se celebró en un restaurante situado en la Piazza Grande, permitiendo a los Sixters disfrutar de unas horas de descanso antes de afrontar los últimos kilómetros de la jornada. Después de la intensidad de la mañana y de todas las experiencias acumuladas, la sobremesa sirvió también para comentar lo vivido en Ducati, la visita de Domenicali y la entrada en Módena, mientras poco a poco el grupo comenzaba a asumir que aquella jornada todavía tenía un último capítulo.
La ruta continuó hacia el Lago de Garda, donde esperaba el QC Terme Garda, el alojamiento elegido para pasar la noche. El cambio de escenario fue inmediato. Después de varios días en movimiento y de una jornada especialmente intensa, el hotel ofrecía la posibilidad de bajar el ritmo y recuperar fuerzas en un entorno pensado precisamente para desconectar.
Las piscinas, el entorno junto al lago y las instalaciones del spa permitieron a los Sixters disfrutar de una tarde diferente, mientras el atardecer sobre Garda ponía un punto de calma después de una jornada que había comenzado muchas horas antes en Florencia. Para muchos participantes, aquel spa se convertiría en uno de los mejores momentos de desconexión de todo el Tour, una pausa necesaria antes de afrontar la siguiente etapa, que llevaría al grupo hacia los Alpes.
La jornada terminó con una cena que mantuvo ese equilibrio entre descanso y convivencia que ya empezaba a definir el ritmo del Europe Tour. Durante el aperitivo se hizo entrega a los Sixters de las banderas que les acompañarían durante el resto del viaje, un nuevo elemento que volvería a aparecer en las fotografías y encuentros de los días siguientes y que, poco a poco, iba construyendo la imagen de grupo que había comenzado en Sicilia.
Después de cinco días, el Europe Tour había pasado de las carreteras del Etna a las de la Mille Miglia, había atravesado Roma, descubierto el Motor Valley y llegado finalmente a las orillas del Lago de Garda. Pero el recorrido todavía guardaba uno de sus grandes capítulos. Al día siguiente, los Sixters dejarían atrás Italia para adentrarse en los Alpes y recuperar uno de los protagonistas que, desde aquella primera edición de 2011, forma parte de la historia del Europe Tour: el Stelvio.
Día 6 — El Stelvio y los Alpes
Después de cinco jornadas de viaje, el Europe Tour entraba en uno de los capítulos que más expectación había generado entre los Sixters. La sexta etapa estaba planteada como una auténtica jornada maratón, con cerca de diez horas de recorrido desde el Lago de Garda hasta Engelberg, atravesando algunos de los puertos de montaña más conocidos de los Alpes. La distancia y el tiempo al volante ya suponían un reto por sí mismos, pero la verdadera dificultad estaba en saber que, después de una larga mañana de carretera, todavía quedaba por delante uno de los grandes momentos del viaje: el ascenso al Stelvio y la posterior entrada en Suiza.
La mañana comenzó bordeando el Lago de Garda para ir ganando progresivamente altura y adentrarse en las montañas. Los kilómetros se sucedían entre carreteras cada vez más alpinas y, aunque la jornada se inició a primera hora, la sensación era diferente a la de otros días porque todos sabían que el tramo más esperado todavía estaba por llegar.
La parada para comer estaba prevista en Bellavista, un lugar que algunos Sixters ya conocían de anteriores aventuras de 6to6 y que había experimentado recientemente una profunda renovación. El entorno, que ya era uno de sus grandes atractivos, seguía siendo el mismo, pero las nuevas instalaciones habían conseguido poner el alojamiento a la altura de un paisaje que resulta difícil de igualar.
La llegada de los Sixters a Bellavista supuso una pausa muy necesaria después de una mañana larga al volante. La comida se sirvió entre el espacio interior y la terraza exterior, permitiendo que cada uno pudiera disfrutar del espectacular entorno que rodeaba al hotel, con las grandes montañas que anuncian la proximidad del Stelvio como telón de fondo. Los productos locales y la calidad de la comida terminaron de convertir aquella parada en uno de los momentos más agradables de la jornada, aunque todos sabían que el descanso tenía fecha de caducidad: todavía quedaba por afrontar el gran reto del día.
Desde Bellavista, los Sixters volvieron a ponerse al volante para afrontar juntos el ascenso al Stelvio. Poco se puede añadir sobre un puerto cuya imagen forma parte desde hace décadas de la cultura ciclista y automovilística europea, pero vivirlo en el contexto de un Europe Tour tiene una dimensión diferente. Sus innumerables horquillas, muchas de ellas extremadamente cerradas, y una carretera que en numerosos puntos resulta demasiado estrecha para disfrutar plenamente al volante de un deportivo hacen que el Stelvio no sea necesariamente el puerto donde mejor se conduce de todo el recorrido, pero esa no es realmente la razón por la que merece la pena subirlo.
Lo especial del Stelvio está en contemplar desde abajo cómo la carretera se dibuja sobre la montaña, en ver la sucesión casi interminable de curvas que ascienden hacia el paso y, finalmente, en encontrarse dentro de esa misma imagen que tantas veces hemos visto desde fuera. Hay carreteras que se disfrutan por cómo se conducen y otras que adquieren su valor por todo lo que representan. El Stelvio pertenece claramente a este segundo grupo y, cuando se afronta formando parte de un viaje como el Europe Tour, la experiencia adquiere todavía más significado.

La llegada a la parte alta del puerto marcaba un momento importante de la jornada, pero no suponía el final del recorrido. Después del Stelvio, los Sixters todavía tenían que entrar en Suiza y afrontar una sucesión de puertos que terminaría convirtiendo aquella sexta jornada en una de las más exigentes de todo el Tour.
Umbrail Pass fue el primero de ellos, seguido por Ofen Pass y posteriormente por Flüela Pass. Cada uno ofrecía un carácter diferente y, a medida que avanzaba la tarde, el cansancio comenzaba a hacerse notar, pero también aumentaba esa sensación tan característica de las grandes etapas del Europe Tour: saber que cada kilómetro recorrido abre la puerta al siguiente escenario.
El paso por Suiza suponía además dejar atrás definitivamente Italia y entrar en una nueva parte del viaje. Con la viñeta ya preparada para circular por las carreteras suizas, el grupo pudo afrontar el tramo de autopista que les acercaría a Lucerna y, desde allí, encarar la última parte de la jornada.
Todavía quedaba una última ascensión antes de llegar al destino: Engelberg.
Cuando los Sixters comenzaron a llegar al Kempinski Engelberg, las caras reflejaban perfectamente lo que había supuesto el día. Había cansancio después de tantas horas de conducción, pero sobre todo satisfacción por haber completado una de las etapas más exigentes y, al mismo tiempo, más especiales del Europe Tour. Desde el Lago de Garda hasta el corazón de los Alpes suizos, pasando por el Stelvio y otros grandes puertos, habían acumulado una jornada que difícilmente podía considerarse simplemente un traslado entre dos hoteles.
La cena se celebró en el propio hotel, una decisión que permitía a los participantes disfrutar del final de la jornada sin necesidad de volver a ponerse al volante. Después de casi diez horas de carretera, el mejor plan era sencillamente compartir mesa, comentar todo lo sucedido durante el día y recuperar fuerzas para lo que todavía quedaba por delante.
Porque si algo había demostrado esta etapa era que el Europe Tour podía exigir mucho a sus participantes, pero también que precisamente esas jornadas largas, aquellas en las que el cansancio aparece al final del día y en las que el grupo comparte durante horas la misma carretera, son las que terminan dejando algunos de los recuerdos más duraderos.
El Stelvio había quedado atrás y los Sixters ya estaban en Suiza. Pero los Alpes todavía tenían mucho que ofrecer.
Día 7 — De los Alpes a la Selva Negra
Después de la larga jornada del día anterior, la séptima etapa comenzaba con un ritmo algo más relajado, aunque todavía quedaban por delante algunos de los puertos más reconocibles de los Alpes suizos. El recorrido de la mañana llevaría a los Sixters desde Engelberg hacia Grimsel y, sobre todo, hacia Furka, antes de abandonar definitivamente el entorno alpino para poner rumbo a Alemania. La verdadera transformación del día, sin embargo, llegaría después de la comida, cuando el Tour entraría en una nueva fase y la manera de conducir cambiaría por completo.
Los primeros kilómetros transcurrieron entre las carreteras de montaña que habían acompañado al grupo durante las jornadas anteriores. El ascenso a Grimsel permitió realizar una primera parada de reagrupamiento en lo alto del puerto, reuniendo de nuevo a los Sixters antes de afrontar juntos el siguiente tramo. Desde allí, la ruta continuó hacia Furka, uno de los grandes nombres de los Alpes y uno de esos puertos cuya imagen ha terminado trascendiendo el propio mundo de la conducción.
El ascenso a Furka ofreció una de las fotografías más reconocibles del viaje. En una de sus curvas aparece el Hotel Belvédère, situado junto a la carretera y con la montaña cayendo prácticamente a sus pies. El lugar se ha convertido en una de las imágenes más fotografiadas de las grandes carreteras alpinas y, para los Sixters, pasar por allí formando parte de una caravana de 6to6 añadía una nueva dimensión a una escena que muchos conocían de fotografías pero que ahora podían vivir desde el propio coche.

Después de descender Furka, el grupo puso rumbo hacia Lucerna, donde estaba prevista una parada especialmente diferente a todo lo vivido hasta ese momento. El destino era el Museo Suizo del Transporte, uno de los grandes espacios dedicados a la historia de la movilidad en Europa y un lugar que encajaba especialmente bien en un viaje como el Europe Tour.
La llegada al museo volvió a ofrecer una imagen poco habitual. Los Sixters no simplemente aparcaron en el exterior, sino que los coches cruzaron literalmente la entrada y la zona de acceso al museo para quedar estacionados en su interior, alrededor de la plaza principal. Desde allí se podían contemplar las diferentes áreas dedicadas al ferrocarril, la automoción, la navegación y la aviación, creando una combinación especialmente curiosa entre los vehículos del museo y los deportivos del Europe Tour. Algunos de los coches quedaron incluso estacionados bajo los grandes aviones expuestos, ofreciendo una de esas imágenes que difícilmente podrían repetirse en otro lugar.
La visita permitió descubrir el museo con calma antes de hacer una parada para comer. El almuerzo fue sencillo y ágil, pensado para mantener el ritmo del viaje y permitir que el grupo pudiera continuar hacia el siguiente destino. A partir de ese momento, la jornada iba a cambiar considerablemente.
Los Alpes quedaban atrás y comenzaba la aproximación a Alemania, donde el Europe Tour debía adaptarse a una circunstancia particular. Las autoridades alemanas habían establecido que los participantes debían desplazarse por vías directas y evitar la conducción en convoy, por lo que el grupo abandonó la dinámica de circular todos juntos que había marcado buena parte de las jornadas anteriores.
El cambio no restó protagonismo al coche, sino que lo trasladó a otro escenario. La ruta hacia Baden-Baden permitió a los Sixters disfrutar de las Autobahn alemanas, circulando cada uno a su ritmo, respetando los límites de velocidad allí donde estaban establecidos y, como siempre, al resto de usuarios de la carretera. En los tramos sin limitación, cada conductor podía disfrutar de una de las particularidades más conocidas de las carreteras alemanas, haciendo que el recorrido adquiriera un carácter mucho más libre y personal.
Después de varios días viajando prácticamente como un único grupo, aquella nueva dinámica también permitía descubrir otra forma de vivir el Tour. Los Sixters seguían compartiendo destino y experiencia, pero ahora cada uno podía disfrutar del trayecto de una manera más individual, reencontrándose con el resto al llegar a Baden-Baden.
La llegada a la ciudad permitió recuperar algo de tiempo para descansar y acomodarse en el Roomers, el hotel elegido para aquella noche. Después de tantos días de carretera, los participantes tuvieron unas horas para instalarse y prepararse para uno de los momentos más característicos de cualquier Europe Tour: la ruta del albornoz.

Se trata de la única ruta nocturna del Tour y de una de esas tradiciones que difícilmente podrían explicarse fuera del contexto de 6to6. Los Sixters abandonan por unas horas la ropa habitual del viaje para ponerse el albornoz y la chapa que la organización prepara para la ocasión, y vuelven a ponerse en movimiento para dirigirse a una cena en un lugar especialmente escogido.
En esta edición, la ruta partió de Baden-Baden y se adentró durante unos kilómetros en la Selva Negra hasta llegar a Schloss Eberstein, un castillo situado sobre las colinas de la región. Allí esperaba una cena planteada de una manera muy diferente a las anteriores, con diferentes estaciones gastronómicas repartidas por espacios interiores y exteriores del castillo, incluyendo incluso la cocina del restaurante galardonado con estrellas Michelin.
La música en directo acompañó la velada y terminó de crear el ambiente que hace tan particular esta tradición. Los Sixters, vestidos con sus albornoces y luciendo la chapa conmemorativa del 20 aniversario de 6to6, se movían de una zona a otra del castillo mientras compartían la cena y las experiencias acumuladas durante la semana.
La ruta del albornoz tiene precisamente ese carácter que encaja tan bien con el espíritu del Europe Tour: es una actividad que no necesita grandes explicaciones y que probablemente resultaría extraña en cualquier otro contexto, pero que dentro de la comunidad se ha convertido en una de esas tradiciones que todos esperan y que terminan generando algunos de los momentos más divertidos del viaje.
Con la cena terminada, los Sixters regresaron a Baden-Baden para cerrar una jornada que había comenzado todavía entre las montañas suizas y que terminaba ya en territorio alemán. En unas pocas horas habían pasado de los grandes puertos alpinos a las Autobahn y, finalmente, a una noche diferente en plena Selva Negra.
El Europe Tour entraba así en una nueva fase. Las grandes montañas quedaban atrás y Alemania abría un nuevo capítulo del viaje, con nuevas carreteras, nuevas experiencias y, sobre todo, uno de los destinos que formaban parte del homenaje a aquel primer Europe Tour de 2011: Nürburgring.
Día 8 — The Loh Collection y Nürburgring
La octava jornada comenzaba en Baden-Baden y suponía la consolidación del nuevo ritmo que el Europe Tour había adquirido desde la entrada en Alemania. Las grandes etapas alpinas habían quedado atrás y, después de varios días recorriendo carreteras de montaña en grupo, la conducción empezaba a tener un carácter diferente. La primera parte del día llevaría a los Sixters hacia The Loh Collection, mientras que por la tarde el recorrido continuaría hasta uno de los destinos que más expectación había generado desde el comienzo del viaje: Nürburgring.
La ruta hacia el museo discurría principalmente por las Autobahn alemanas, permitiendo a los Sixters disfrutar de nuevo de una forma de conducción diferente a la de los días anteriores. El hecho de no circular en convoy hacía que cada participante pudiera decidir su propio ritmo y gestionar la jornada de una manera mucho más flexible. Algunos optaban por avanzar directamente hacia el siguiente destino, mientras otros preferían detenerse o disfrutar durante más tiempo de la conducción. Esa libertad se había convertido ya en una parte natural del Tour y permitía que cada Sixter viviera el recorrido a su manera sin perder nunca el punto de encuentro común.
A media mañana, la caravana comenzó a llegar a Dietzhölztal-Ewersbach, donde se encuentra el Nationales Automuseum The Loh Collection, una de las colecciones de automóviles más interesantes de Europa. El museo, inaugurado en 2023, ocupa alrededor de 7.500 metros cuadrados dentro de un conjunto de antiguas instalaciones industriales y reúne actualmente unos 160 vehículos de más de 50 marcas y más de diez países, recorriendo más de 140 años de historia del automóvil.
La colección nace de la pasión del empresario alemán Friedhelm Loh por los automóviles clásicos y, especialmente, por aquellos coches que han tenido un papel relevante en la historia del automóvil y la competición. Lo interesante de The Loh Collection no está únicamente en la cantidad de vehículos, sino en la diversidad de las piezas reunidas y en la forma en la que se presentan. Prototipos, coches de competición, clásicos, deportivos e incluso piezas únicas permiten recorrer diferentes épocas de la evolución del automóvil en un espacio que combina la historia industrial del lugar con una colección cuidadosamente seleccionada.
Entre sus vehículos se encuentran piezas tan singulares como el Ferrari con el que Michael Schumacher consiguió su primer campeonato del mundo con Ferrari, el Lincoln Continental asociado al presidente John F. Kennedy o el Maybach Exelero, un automóvil único construido como vehículo de récord. La colección incluye además auténticos iconos como el Lamborghini Miura, el Ferrari 288 GTO, el Mercedes CLK GTR o una importante representación de coches de competición de Fórmula 1, rally, resistencia, DTM y NASCAR. En 2026, además, el museo cuenta con una exposición especial dedicada a la historia del rally que reúne desde coches anteriores a la Segunda Guerra Mundial hasta los grandes Grupo B, modelos del WRC y vehículos de Dakar y Pikes Peak.
Para los Sixters, la visita tenía además una particularidad: The Loh Collection no era una actividad con un horario cerrado para todo el grupo, sino otro ejemplo de la libertad que había ido incorporando el Europe Tour durante su recorrido por Alemania. El parking estaba reservado para los participantes y el restaurante New York New York esperaba al grupo en exclusiva, pero cada Sixter podía organizar su tiempo como quisiera, disponiendo de dos horas para comer y del tiempo necesario para recorrer las diferentes salas del museo. Algunos aprovecharon para detenerse con calma delante de determinadas piezas, mientras que otros, con Nürburgring ya en mente, prefirieron completar la visita con mayor rapidez y continuar cuanto antes hacia el siguiente destino.
La flexibilidad también permitía algo que se había convertido en una constante durante las últimas jornadas: no era necesario que todos hicieran exactamente lo mismo al mismo tiempo. El punto de encuentro estaba claro, pero cada participante podía construir su propia jornada dentro del recorrido general del Tour.
Y para muchos, el siguiente destino justificaba acelerar el paso.
Nürburgring.
La llegada al circuito fue uno de esos momentos en los que el significado del viaje se hace especialmente evidente. Nürburgring no era simplemente una parada más, sino uno de los lugares que habían formado parte del primer Europe Tour de 2011 y que, quince años después, regresaba al recorrido como homenaje a aquella primera aventura. La llegada de los Sixters coincidía además con un sábado de actividad turística en el circuito, cuando las carreteras del Nordschleife se llenan de aficionados que llegan con sus propios coches para rodar en uno de los trazados más conocidos del mundo.

El ambiente que rodeaba al circuito hacía que llegar con los coches del Europe Tour fuera todavía más especial. Los Sixters se instalaron en el Congress Hotel, prácticamente a los pies del circuito y con vistas al trazado de Grand Prix, y desde el momento en que comenzaron a llegar los coches se creó alrededor del hotel una escena difícil de ignorar. El sonido de los coches que entraban y salían del circuito se mezclaba con el movimiento habitual de un día de actividad en Nürburgring, mientras los vehículos del Europe Tour iban ocupando el espacio reservado para el grupo.
Durante aquella tarde, los Sixters disponían además del Sports Bar en exclusiva, con bebidas, ambiente de circuito y todos los simuladores preparados para quienes quisieran empezar a familiarizarse con el Nordschleife antes de enfrentarse a él. Para algunos, los simuladores fueron una manera de estudiar el trazado; para otros, simplemente otra excusa para compartir un rato entre Sixters y empezar a comentar las vueltas que tenían por delante.
Porque aquella misma tarde ya había una sesión de conducción en el Nordschleife y muchos no quisieron esperar al día siguiente para enfrentarse al circuito. La organización puso a disposición de los participantes una tarjeta que permitía realizar dos vueltas, suficiente para tener una primera toma de contacto con un trazado que supera los 20 kilómetros y que exige una enorme concentración para ser recorrido a buen ritmo. Sin embargo, para algunos Sixters dos vueltas fueron claramente insuficientes y, entre aquella tarde y la jornada siguiente, hubo quienes terminaron acumulando decenas de vueltas.
Mientras unos rodaban, otros disfrutaban del ambiente alrededor del hotel, y fue precisamente allí donde se produjo una de esas escenas que resumen perfectamente el carácter de un Europe Tour. Los coches de los Sixters permanecían estacionados juntos alrededor del Sports Bar y, uno tras otro, pasaban por el photocall preparado junto al mítico cartel de Nürburgring para conseguir la fotografía que acabaría convirtiéndose en uno de los recuerdos del viaje.
Era, en cierto modo, una versión muy 6to6 del clásico parking day: todos los coches juntos, los Sixters entrando y saliendo del circuito, conversaciones sobre las primeras vueltas y una constante sucesión de fotografías. Más que una exposición organizada, era simplemente el resultado natural de juntar a un grupo de personas con la misma pasión en un lugar como Nürburgring.

La jornada terminó en uno de los restaurantes más conocidos entre quienes frecuentan el circuito: Pistenklause. El local, estrechamente vinculado al mundo del motor y punto habitual de encuentro para pilotos y aficionados, ofreció a los Sixters una cena basada en carne a la piedra, perfecta para cerrar un día en el que el automóvil había vuelto a ocupar el centro de la conversación.
The Loh Collection había puesto por delante la historia del automóvil; Nürburgring había permitido vivirla desde dentro. Para muchos, la llegada al circuito suponía además reencontrarse con uno de los escenarios que habían marcado el primer Europe Tour de 2011. Y aunque todavía quedaba por delante una jornada completa en el Ring, aquella primera tarde ya había dejado claro que el homenaje al pasado no iba a ser simplemente una repetición de lo que ocurrió quince años atrás.
El Europe Tour estaba escribiendo su propia historia sobre el mismo asfalto.
Día 9 — Dos circuitos y un último brindis
La última jornada del Europe Tour comenzaba en Nürburgring con una propuesta inédita para 6to6: dos circuitos en un mismo día. Después de la intensidad de la tarde anterior, los Sixters volvieron a ponerse al volante desde primera hora para aprovechar las últimas horas disponibles en el Nordschleife. Cada uno decidió cuánto tiempo quería permanecer en pista y, a medida que iban dando por terminada su actividad, comenzaban a poner rumbo hacia el segundo gran escenario de la jornada: Zandvoort.
Era una forma muy apropiada de afrontar el último día del Tour, porque volvía a poner en manos de cada Sixter la posibilidad de decidir cómo quería vivirlo. Algunos aprovecharon al máximo las primeras horas para seguir acumulando vueltas en el Nordschleife, mientras otros, una vez completada su experiencia en el circuito, emprendieron antes el camino hacia los Países Bajos. No había una única manera de terminar el Europe Tour y esa libertad se había convertido en una de las características que habían acompañado al grupo durante toda la semana.

El largo desplazamiento hacia Zandvoort dejó también una de esas imágenes que se repiten en los Europe Tour y que forman parte de su cultura particular. La comida era libre y cada Sixter podía elegir cómo gestionar el tiempo disponible. Algunos optaron por una parada rápida en lugares como McDonald's para ganar tiempo y llegar cuanto antes al circuito, mientras otros prefirieron detenerse con más calma y aprovechar el recorrido para disfrutar de una experiencia gastronómica. Dos maneras completamente diferentes de afrontar exactamente la misma jornada y, precisamente por eso, una buena representación de lo que significa hacer un Europe Tour a tu manera.
La llegada a Zandvoort podía parecer, sobre el papel, un destino condenado a quedar en segundo plano después de haber rodado por Nürburgring esa misma mañana. Pero ocurrió todo lo contrario. Desde el momento en que los Sixters comenzaron a entrar juntos al circuito quedó claro que el último escenario del viaje tenía personalidad propia.
La primera vuelta al trazado se realizó todos juntos en la ya tradicional parade lap, una vuelta que permitía descubrir el circuito en grupo antes de comenzar la actividad y que sirvió también para realizar las fotografías individuales de cada coche. Después llegó uno de los momentos que terminaría convirtiéndose en la última gran imagen de conducción del Europe Tour: toda la flota reunida en la recta de meta para la fotografía de grupo.

Zandvoort sorprendió a muchos participantes. Su trazado, sus cambios de dirección y especialmente sus curvas peraltadas ofrecen una experiencia de conducción muy diferente a la de Nürburgring y, lejos de ser simplemente el último circuito del recorrido, terminó convirtiéndose en uno de los grandes descubrimientos de la jornada. El hecho de saber además que, al terminar las tandas, los coches ya no volverían a circular por carretera sino que serían cargados directamente en los camiones que los transportarían de vuelta a España añadía una sensación especial a cada vuelta.
Durante la tarde, cada Sixter fue decidiendo cuándo poner punto final a su actividad en pista. Algunos aprovecharon hasta el último minuto para seguir disfrutando del circuito, mientras otros prefirieron terminar antes y comenzar a cerrar el viaje. En la zona preparada para la logística final esperaban los camiones que se encargarían de transportar los coches de regreso a casa. Cada participante recibía las indicaciones correspondientes sobre dónde dejar su vehículo y, una vez entregado, abandonaba definitivamente su coche para continuar el último tramo del Europe Tour en transfer.
Después de miles de kilómetros, puertos de montaña, ciudades, circuitos y carreteras de varios países, el vínculo que había unido a los Sixters durante toda la semana dejaba de ser por unas horas el volante de sus propios coches. Los deportivos quedaban ya camino de España mientras sus conductores se dirigían hacia el W Amsterdam, donde tendrían lugar los últimos momentos de esta vigésima edición.
El alojamiento y la cena de clausura seguían una dinámica que ya se había repetido en Florencia: el punto de encuentro no era simplemente el hotel, sino directamente el lugar donde se celebraría la cena. En esta ocasión, sin embargo, la cita tenía un significado diferente. Ya no se trataba de prepararse para la siguiente jornada, sino de celebrar que el recorrido había llegado a su final.
Chin Chin fue el escenario elegido para la clausura y, entre la cena, las conversaciones y los últimos recuerdos compartidos del viaje, llegó uno de los momentos más esperados de la noche: la entrega de los premios que reconocen a algunos de los Sixters que, de una manera u otra, mejor representan el espíritu de la comunidad.
El premio a Sixter del Año fue para Nabila, reconociendo su presencia y compromiso durante la temporada y el esfuerzo realizado para estar presente en el mayor número posible de eventos. Un reconocimiento que resume perfectamente una de las características que mantienen viva la comunidad: la voluntad de seguir compartiendo experiencias y de formar parte de ellas siempre que sea posible.
El premio al Carácter Sixter fue para Josep, una distinción que reconoce a aquellos participantes capaces de llevar el espíritu que representa 6to6 mucho más allá de lo habitual y que recuerdan que dentro de la comunidad hay personas que viven esta pasión con una intensidad muy difícil de igualar.
El Rookie del Año fue para Bauti, que llegaba por primera vez a 6to6 desde México y había elegido nada menos que el Europe Tour para estrenarse en la comunidad, convirtiendo además el viaje en parte de su luna de miel. Durante la semana pasó rápidamente de ser un recién llegado a convertirse en uno de esos compañeros de aventura con los que resulta natural compartir kilómetros, comidas y momentos, demostrando que el espíritu Sixter no entiende de países ni de fronteras.
La última distinción de la noche fue para Mónica, reconocida como mejor copiloto por acompañar a su hijo Prince durante seis ediciones. Un premio que ponía en valor una figura fundamental en muchos de los viajes de 6to6 y que demuestra que la experiencia no pertenece únicamente a quien conduce, sino también a quienes deciden compartir el camino desde el asiento de al lado.
Con los premios, las últimas palabras y la celebración de clausura, el Europe Tour 20 Aniversario llegaba oficialmente a su final. Los coches ya habían iniciado su viaje de regreso y los Sixters todavía tenían por delante algunas horas para compartir antes de despedirse, pero después de nueve jornadas había algo que ya no podía cambiar: todos habían formado parte de una misma aventura.
Desde Sicilia hasta Ámsterdam habían sido miles de kilómetros, pero el recorrido no se puede medir únicamente en distancia. Había empezado en el Etna, había seguido por la Targa Florio, Roma, la Toscana, el Motor Valley, el Stelvio, los Alpes suizos, la Selva Negra, The Loh Collection, Nürburgring y finalmente Zandvoort. Pero entre todos esos nombres habían ocurrido muchas otras cosas que no aparecen en ningún roadbook: conversaciones, reencuentros, nuevas amistades, problemas mecánicos solucionados entre todos, comidas que se alargaron, decisiones improvisadas, kilómetros compartidos y momentos que seguramente volverán a aparecer en las conversaciones de los próximos años.
Eso es, en definitiva, lo que ha sido este Europe Tour de 20 aniversario. Una aventura que comenzó hace quince años con 28 coches entre Frankfurt y Mónaco y que, en esta ocasión, reunió a 80 deportivos para cruzar Europa de Sicilia a Ámsterdam. El coche volvió a ser el punto de encuentro, como lo ha sido desde 2006, pero nueve días después resultaba evidente que había vuelto a ocurrir lo mismo de siempre: el viaje había terminado siendo mucho más que conducir.
ET26 llegaba a su fin, pero la historia de 6to6 continúa. Muy pronto llegará el momento de descubrir hacia dónde llevará el próximo Europe Tour. Hasta entonces, solo queda una cosa por hacer: mirar atrás, recordar todo lo vivido y empezar a esperar la próxima aventura.
Nos vemos en ET27.




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